ELIZABETH TAYLOR Y FRANÇOIS OZON


Hoy fui al centro y caminé, caminé y caminé. Esto de caminar en mí no es ninguna novedad. Andar a patín por la ciudad es una de las cosas que disfruto mucho. A patín uno siempre se lleva sorpresas: te encuentras a conocidos que no habías visto tiempo ha; te metes a un café y descubres que allí venden un buen té,  etc. De lo que me sorprendí hoy, fue de lo siguiente.
Antes de que describa la sorpresa, permíteme contarte que hace muchos años leí una novela de Elizabeth Taylor; no me refiero a la actriz sino a la escritora. Sí; por si no lo sabías, hay una escritora con el mismo nombre de la  actriz. También británica, pero menos famosa por razones que no sé. La novela se llama Mrs. Palfrey at the Claremont, y harto me gustó porque el personaje femenino tenía mucho de imaginativa y solitaria, como El Quijote. Ora verás. La Sra. Palfrey es una anciana que vive en un hotel, el Claremont; allí se hospedan varios ancianos que son visitados por sus parientes. Ella no tiene a nadie, salvo un sobrino, pero éste nunca la visita. Sin embargo, ella les cuenta a sus vecinos de hotel que su sobrino la quiere mucho, la procura y la mima. Pero todo es mentira; el sobrino ni la pela. Nunca la llama ni la busca ni nada. Si el personaje de don Cervantes inventa a una Dulcinea, la señora Palfrey inventa un sobrino que la quiere y así sobrevive en un mundo donde el cariño brilla por su ausencia. Inventa que su sobrino la llama, que le envía cartas y una considerable pensión; pero ninguno de los vecinos del hotel lo ha visto y empiezan a dudar de la existencia de él. Incluso, en un momento, se burlan de ella. Así, le pide a un joven escritor que conoce en la calle que se haga pasar por su sobrino y que vaya a visitarla y la colme de arrumacos. El muchacho acepta y los ancianos del hotel se sorprenden. La señora Palfrey y el escritor inventan que son parientes y a fuerza de mentir acaban amándose.
Siempre conservo en mi memoria esta anécdota de la Taylor, la escritora, no la actriz que lo único que ésta debe de escribir es su firma en los autógrafos y en sus actas de divorcio. Desde que leí la novela me dediqué a buscar los libros de la novelista, y jamás he podido encontrar otro que no sea el que ya referí. Ni en librerías de viejo del D.F. ¡Ni en Nueva York! ¿Será que no busco bien o se han dejado de publicar las novelas de Elizabeth Taylor?
El día de hoy, en mis andanzas por el Centro se me atravesó un hombre de películas piratas y, revisando los títulos, me llevé la sorpresa de que uno de mis directores favoritos de cine, François Ozon, dirigió una película que se llama Angel, basada en la novela The real life of Angel Deverell, de Elizabeth Taylor, publicada en 1957. Compré la película. Regresé a casa con la sensación de haberme encontrado a un amigo que me daba nuevas de una amiga que teníamos en común.
Si ésto no es una linda sorpresa, ¿entonces qué es?

Un tip.

"Cuando uno se aburre escribiendo el lector se aburre leyendo." Gabriel García Márquez. 

FESTIVAL DE TEATRO ACAPULCO



Explanada de la Universidad Americana de Acapulco a las 19:00 Hrs. Entrada libre
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DOMINGO 21
De vuelta
Autoría: Grupo Carretero
Dirección: Fabián Carrasco
Grupo Carretero (De Argentina)

DE VUELTA EN LA ESTACIÓN A PUNTO DE PARTIR. UNA JOVEN DESCONOCIDA LLEGA A TOMAR EL MISMO TREN. LA ESPERA HACE QUE LOS PERSONAJES SE CONOZCAN Y DEJEN SALIR SUS DESEOS, TEMORES, FRACASOS, EL AMOR, Y SOBRE TODO EL SUEÑO COMPARTIDO DE DAR LA VUELTA AL MUNDO. EL TREN ESTÁ A PUNTO DE LLEGAR Y TODO ESTÁ LISTO!! LAS MALETAS, LOS PASAJES, LOS PAPELES, EL ITINERARIO DE VIAJE Y LAS GANAS...
TODO ESTO, ¿ES SUFICIENTE PARA HACERLO?

ACTUAN:
AMALIA MARTINI 
ELIAN ABATEMARCO


Los huesos del amor y de la muerte
Autoría: Hugo Argüelles
Dirección: Norma de Anda
Arte Escénico Ananda

EN ESTA OBRA, SITUADA EN 1822, PROPONE AL AMOR COMO ÚNICA POSIBILIDAD DE HACER FRENTE A LA VIDA. LOS PROTAGONISTAS DE ESTA HISTORIA SON LOS ESPOSOS, LUCINDA Y LEOBARDO, PRIMO ÉSTE, DE AGUSTÍN DE ITURBIDE, QUIEN LO COMISIONA PARA TRASLADAR LAS URNAS CON LAS OSAMENTAS DE LOS INSURGENTES, DESDE ALLADOLID (HOY MORELIA) A LA CIUDAD DE MÉXICO.
A LO LARGO DE LA OBRA EL AUTOR CREA UNA FANTÁSTICA Y ESCALOFRIANTE RELACIÓN ENTRE LOS PROTAGONISTAS Y LOS HUESOS DE LOS HÉROES DE LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO.

ACTUAN:
NORMA DE ANDA HERMOSO
FERNANDO CERVANTES MAYAGOITIA


LUNES 22

La duda
Autoría: Tomás Urtusástegui
Dirección: Salvador Velazco
Kapikúa Teatro
Colegio de Bachilleres Plantel No. 32

Don Juan Tenorio
Autoría: José Zorrilla
Dirección: Miguelangel Sotelo
Direc. y Producción Gral.: Salvador Solís
Cía. de Teatro Acatl 

MARTES 23 

El espejo
Autoría: Emilio Carballido
Dirección: Verónica González Castañeda
Cía. de Teatro Cámara Negra
Academia de Arte Aquarius

Detrás de la puerta
Autoría: Sonia León
Actuación y Dirección Gral.: Iris García Cuevas. 
Quimera Teatro 

MIERCOLES 24 

Gimnasia mental
Espectáculo escénico de Carlos Casanni
Artes Escénicas SolraC
Centro de Formación Actoral “Olimpo Teatral”

¡Que pasen… los prodigios!
Basada en Textos de Calderón de la Barca y Emilio Carballido.
Adapt. y Dirección: Solón Vargas Barrera
VOX DEI Ministerio de Teatro

JUEVES 25 

El titiritero de la muerte
Basada en el “Carretero de la muerte” de Selma Lagerlof y varios autores. Creación colectiva
Dirección: Lucero Castro Martínez
Agrupación Teatral Ezcoria

Claustro y Libertad
Autoría y Dirección: Silvia Salazar Almenara
MASKHARAH. Artes Escénicas 

PRESENTACIÓN ESTELAR EN EL AUDITORIO "DR. GUILLERMO SOBERÓN" DE LA UNIVERSIDAD AMERICANA DE ACAPULCO:
VIERNES 26 Y SÁBADO 27 A LAS 20:00 HRS.

SALOMÉ (o La Luna Tal Vez)
De Oscar Wilde
Con la actuación principal de: Nancy Tamayo
Versión y Dirección: Ofelia Córdova
Compañía ContraCorriente Teatro

CUOTA DE RECUPERACIÓN: $100.00 público en general y $50.00 estudiantes con credencial.

Adquisción de boletos para las funciones de SALOMÉ (O la Luna Tal Vez) en la Universidad Americana de Acapulco y en la Biblioteca Pública Municipal No. 22 "Dr. Alfonso G. Alarcón" Ubicada en el Zócalo de la cuidad (a un costado de la Catedral de la Soledad) a partir del día 10 de Noviembre del presente.

EN COMPAÑÍA DE LAS COMADRES, de Luis Zapata.




Dos razones nos congregan aquí esta noche: el aniversario número cincuenta de José Dimayuga y la nueva edición de Afectuosamente, su comadre, que acaba de aparecer bajo el sello de Quimera. Dos motivos para felicitar al dramaturgo y novelista, o para felicitarnos: al fin y al cabo, somos nosotros quienes disfrutamos de lo que escribe, de lo que ha escrito en su ya larga trayectoria.
     Lo primero que me viene a la mente al pensar en José Dimayuga es la palabra pericia. El diccionario la define como la habilidad, la «cualidad del que es experto en alguna cosa». Y el terreno en el que Dimayuga se mueve como pez en el agua es el de la escritura: no en balde lleva tantos años dedicado a darnos excelentes textos dramáticos, además de ¿Y qué fue de Bonita Malacón?, que constituyó su afortunado debut como novelista.
     José Dimayuga parece haber descubierto que lo importante, y lo disfrutable, de la escritura no es sólo el estallido gozoso de la inspiración, sino también la lucha paciente con las palabras, las múltiples revisiones y correcciones que exige todo trabajo creativo. ¿Para qué? Simplemente por el gusto de hacer las cosas, y de hacerlas bien.
     Por la manera en que fluyen los diálogos y las situaciones de sus textos, cualquiera diría que los escribe de un tirón y que desde un principio adoptan su forma definitiva. Pero no es así: esa impresión de espontaneidad es producto de un trabajo minucioso y de una dedicación envidiable. Dimayuga convive con sus textos el tiempo necesario, los corrige y los vuelve a corregir innumerables veces: al contrario de muchos otros autores, no tiene prisa por publicar, ni por ver en escena sus obras. Hace bien, pues no ignora que cada obra, cada novela tiene su propia maduración, que en muchas ocasiones interrumpe el precipitado afán de darla a conocer.
     El lenguaje de Dimayuga parte de un sustrato realista y se nutre del habla coloquial, que recrea a la perfección, pero va más allá: tiene una inagotable inventiva y es pródigo en juegos de palabras, en sabrosos regionalismos y leves arcaísmos, lo que se traduce en un estilo personalísimo de expresión: imposible confundir una obra de José Dimayuga con la de otro autor. El ingenio está presente en todos sus textos, incluso en los que abordan temáticas consideradas difíciles, como el secuestro, el incesto o el crimen.
     Es evidente, pues, que me gusta todo lo que ha escrito José Dimayuga, pero con Afectuosamente, su comadre me unen lazos tan sólidos y duraderos como los de la verdadera amistad. Desde mi primera lectura, me encariñé con sus protagonistas, como suele pasarnos cuando leemos una novela en que los personajes, rotundos y vivos, parecen estar por encima de otros aspectos: con tanta fuerza se nos imponen. A la admiración suele aunársele en estos casos una comprensible y benigna envidia, como si nos dijéramos algo casi imposible: «¡Qué ganas de que esos personajes fueran míos!». Pero no sólo me gustaron los personajes de Afectuosamente, su comadre; también me atrajeron el tema y la historia: dos personas diametralmente opuestas entran en contacto debido a un accidente, porque no podrían haberse conocido de otra manera, y se ven forzadas a una convivencia por momentos difícil pero en la que surge primero la curiosidad por el otro, luego la aceptación y finalmente la amistad: toda una lección sobre la tolerancia. No olvido, por supuesto, que José Dimayuga me dedicó esta obra de teatro cuando se publicó por primera vez en Tierra Adentro, lo que estrechó aún más mis lazos con esas «comadres del dedo chiquito» y con su autor.
     Mi historia con Afectuosamente, su comadre podría haber terminado ahí, o al salir del teatro después de verla exitosamente representada por Tito Vasconcelos y Mónica Serna. Habría terminado ahí si me hubiera conformado con ser lo que solemos ser todos ante un texto que nos gusta: un lector o un espectador. Pero quise prolongar el trato con las comadres de otra manera.
     No sé si se me ocurrió a mí o si fue idea de la actriz Malena Steiner. Sí recuerdo que fue en Acapulco, hará cosa de diez años, cuando Malena y yo platicamos por primera vez sobre la posibilidad de hacer en video Afectuosamente, su comadre. Parecía cosa fácil: teníamos la cámara, prácticamente podía grabarse todo en una sola locación, Malena estaba puestísima para hacer el papel de la Maestra, yo me moría de ganas de dirigir algo, y sólo necesitábamos un actor que encarnara al travesti. No hacía falta nada más, o eso creímos. Bueno, quizás adaptar la obra a otro medio diferente del teatral, pero ya pensaríamos después en eso. No tardamos en empezar las lecturas con un amigo actor que finalmente se separó del proyecto. Varios meses después conocimos a Enock Rodríguez, un joven chelista y actor con el que emprendimos otros proyectos en video. Enock parecía idóneo para el papel de Vicky, el travesti de Afectuosamente, su comadre. Platicamos, hicimos planes y nos propusimos hacer pronto el video basado en la obra de Dimayuga. Sin embargo, me cayó el chahuistle de la depresión y nos olvidamos del asunto. Pero Malena Steiner es Tauro, como yo, y dicen que cuando a un Tauro se le mete algo en la cabeza, no descansa hasta que se sale con la suya. En este caso resultó cierto, y cuatro años después decidimos, ahora sí, por fin, sacarnos la espinita y ponernos a trabajar en serio.
     Lo primero que había que hacer era escribir un guión. Y el primer reto del guión, o el más importante, era reducir las acciones y los parlamentos del libro, que funcionaban muy bien en escena pero resultaban excesivos para su versión en imágenes, cuando uno parece tener a los personajes demasiado cerca. Si la obra teatral tiene un ritmo más pausado y con frecuencia hay que reiterar las cosas para hacérselas ver y oír al público, el cine (o el video, en este caso) es el dominio de la elipsis: el tiempo pasa de otra manera y a veces basta con sugerir algo sin mostrarlo. Pensé que escribir el guión iba a ser muy difícil, que me resultaría imposible conservar la esencia de los personajes. Pero en realidad fue bastante fácil. El mérito no me lo atribuyo, por supuesto: descubrí con sorpresa que los dos protagonistas de Afectuosamente, su comadre estaban presentes incluso en los diálogos más breves, en sus exclamaciones, hasta en las onomatopeyas que a veces empleaban: con tal destreza estaban construidos a través de su lenguaje que no parecían dañarlos los grandes cortes que debían hacerse para trasladarlos a otro medio. Lo pensé dos veces antes de sacrificar algunos episodios del pasado de los personajes, que se cuentan entre ellos, pero me dije que lo más importante era lo que vivían en el presente. Tuve que eliminar también algunos chistes muy buenos y condensar ciertas acciones. Pero era obvio que no podía conservar todo lo que me gustaba de Afectuosamente, su comadre: habría resultado una película de tres o cuatro horas. Dice Borges que cuando un texto es bueno, no lo dañan las erratas, los saltos, ni siquiera las malas traducciones. Quise pensar que lo que yo hiciera con mi traducción de la obra de Dimayuga a otro medio no la afectaría, como tampoco la afectarían los múltiples errores que la inexperiencia y las limitaciones me hicieran cometer.
     Cuando terminé de escribir el guión, se lo di a leer a José Dimayuga. Me dio gusto que no le pusiera ninguna objeción: entiendo que fue porque siguió reconociendo a sus personajes y sus voces.
     Las lecturas, los ensayos y las grabaciones de nuestro modesto largometraje prolongaron la convivencia con las comadres: aunque no dejaban de sorprendernos algunos matices de sus personalidades y de su lenguaje, llegamos a conocerlas mejor y a disfrutar siempre de su amena compañía. Creo sinceramente que Vicky y la Maestra nos contagiaron algo de su buen humor y de su optimismo, pues nunca hubo la menor fricción ni caímos en el desánimo ante las dificultades que se nos presentaron. Al contrario, trabajamos con entusiasmo y energía, y encontramos el apoyo de muchos amigos que emprendieron desinteresadamente esa aventura con nosotros.
     En todo proyecto que nos apasiona hay algo de enamoramiento, y en todo enamoramiento está la voluntad de pasar el mayor tiempo posible con nuestro objeto del deseo. Recuerdo que no me cansaba de ver las escenas recién editadas de Afectuosamente, su comadre, no por un ejercicio de narcisismo, sino por el legítimo placer que produce ver concretado algo que en un principio sólo fue una intención. Pero creo que en el fondo también me complacía darme cuenta de que se había vuelto realidad mi deseo expresado antes: «¡Qué ganas de que esos personajes fueran míos!». Pues sí: la Maestra y Vicky ya me pertenecían en cierta forma, como también les pertenecían, les pertenecen a todos los que han estado en mayor o menor contacto con ellas, y aquí incluyo a los lectores, me incluyo como lector: todos somos amigos de las comadres, que llegaron a nuestras vidas para transmitirnos su inalterable afabilidad y su alegría. A mi felicitación inicial por su cumpleaños y por la nueva edición de Afectuosamente, su comadre, añado ahora un agradecimiento a José Dimayuga por la gran cantidad de personajes que nos ha regalado a través de sus escritos y por permitirnos hacerlos nuestros.
  
     Texto leído en el homenaje a José Dimayuga durante la Feria del Libro de Minería, y publicado en la revista Luvina, núm. 60.

VALLEJO Y SERVETI

Fue en el taller de Artes Plásticas donde Vallejo y yo comenzamos a ser amigos. Se quedó mirando un paisaje que yo estaba pintando y dijo: “Te está quedando chido. ¿Me enseñas?” Le contesté: “Yo no sé enseñar, que te enseñe la maestra.” La maestra dijo, desde su escritorio: “¡Vallejo, no lo distraigas y vuelve a tu lugar.” Vallejo se apartó de mí, pero ese fue el día en que nació nuestra amistad. A partir de entonces, me fijé en él y descubrí que se parecía a Nino del Arco, un actor infantil español que salió en El Niño y el muro, incluso trabajó al lado de Juliancito Bravo en La gran aventura. Quizá me hice cuate de Vallejo porque en el fondo pensaba que los dos viviríamos aventuras como las de los dos actores.
En cierta ocasión, mientras la maestra estaba distraída enseñándoles a los compañeros la forma de dibujar en perspectiva, Vallejo me dijo que nos escapáramos de la clase y fuéramos a dar la vuelta. Lo obedecí; salimos del taller, subimos las escaleras y llegamos al tercer piso; recorrimos todas las aulas que correspondían a los primeros grados; bajamos por otras escaleras con el propósito de volver al taller, y nos llevamos la sorpresa de que la maestra ya nos esperaba con una cara amargosa. No nos reportó ni nos bajó puntos; pero sí nos dio una regañada de la cual no me repuse en varias semanas. Con todo, la llamada de atención no consiguió interrumpir la amistad entre Vallejo y yo. Todo iba viento en popa hasta que me dijo, a escasos minutos de entrar a la escuela. “Oye, Dimayuga, ¿nos vamos de pinta?” La gran aventura me vino a la cabeza. “Pus nos vamos”. Dimos media vuelta y nos dirigimos emocionados hacia avenida del Taller. Abordamos un trolebús y, a la media hora, ya estábamos en Chapultepec. Entramos al museo de Arte Moderno en cuyos jardines nos echamos una siesta de perro hasta que un policía nos despertó. Nos introdujimos al bosque, compramos mangos con chile y mientras caminábamos a la orilla del lago, Vallejo empezó a comportarse de manera extraña, como que quería decir algo, pero tosía y tosía de tal modo que pensé que se estaba ahogando con el chile. “Si quieres compramos un refresco”, le sugerí. “No, refresco no. Lo que pasa es que no sé como decirte una cosa que traigo aquí atorada.” “Dímela”, le pedí. Entonces él, después de respirar hondo, dijo: “¿Qué me dirías si te digo que te he soñado?” “Pus no le veo nada de malo”, le contesté. “Pero en mi sueño tú y yo nos besamos… en la boca.” Ahora el que tosía era yo. Me tranquilicé, y quién sabe qué mirada le eché porque me preguntó: “¿Por qué me miras así?” En ese momento me acordé de Nino del Arco y Juliancito Bravo: ellos nunca se besaban en la boca. “Te veo sacado de onda, Dimayuga.” “Pues es que no sé; creo que… no está bien.” Entonces Vallejo arrojó furioso el hueso de mango al lago, y dijo: “¡No sé para qué te lo conté! ¿Cómo que ‘no está bien’? ¡No mames, güey!” “Lo que quise decir es…” Ya ni alcancé a terminar la frase porque Vallejo pegó la carrera con dirección a Paseo de la Reforma. Corrí detrás de él y, poco antes de alcanzarlo, volteó hacia mí y con un gesto furioso, me gritó: “¿Qué quieres, puto? ¿Por qué me sigues? ¡Vete!” “¿Qué te pasa?”, le pregunté. “¡No me sigas o te madreo, cabrón! ¡Vete!”, me dijo. Me dio la espalda y reanudó su paso rápido hacia Reforma. Lo miré alejarse, sin comprender la razón de su comportamiento.
Al otro día, cuando me acerqué a él para saludarlo, me dejó con la mano extendida. Nuestra amistad había acabado.
Pasé las vacaciones de verano en mi pueblo; ingenuamente esperaba alguna carta de mi amigo en la cual me explicara la razón de su alejamiento o alguna disculpa. Pero nada. Ingenuamente también pensé que nuestra amistad iba a resucitar al regresar a clases. También me equivoqué. Al volver de vacaciones, descubrí que Vallejo me esquivaba. En el tercer grado de secundaria me hice de otro amigo: Martínez, un compañerito guapo, de pestañas y patas largas. Inteligente y aplicado, pero ñoño. Se comportaba como un señor; eso de impostar la voz con el propósito de parecer un adulto me caía no sólo gordo sino que me daba penita ajena. Sin embargo, él me inspiraba mucha tranquilidad y me estimaba bien. Vallejo se hizo cuate de Campos durante el primer cuatrimestre del ciclo escolar. Después de las vacaciones decembrinas, Vallejo trabó amistad con Mauricio Serveti, un chavo que venía de Morelia, rubio, de ojos azules, tan bonito como distraído, siempre andaba en la lela. No me explico cómo iba en tercer grado si no sabía las tablas de multiplicar ni las reglas elementales de la gramática. Nunca hacía las tareas y constantemente se dormía en clase provocando la burla de todos los compañeros. Una vez que no se presentó el profesor de Civismo a clase, a los compañeros se le ocurrió encuerar a Serveti sólo para divertirse. En mi vida había visto una piel tan blanca. Y creo que mis compañeros tampoco porque se burlaron de él mientras le gritaban: “¡Bolillo, bolillo!” Serveti, totalmente en cueros, se cubrió la cara y comenzó a llorar. Vallejo se dirigió hacia él y le ayudó a vestirse. Cuando acabó, preguntó: “¿A quién se le ocurrió encuerar a Serveti?” Téllez se paró frente a Vallejo, y dijo: “Yo mero.” En ese momento se armaron los madrazos entre Vallejo y Téllez. El prefecto Nahúm llegó y se llevó a Vallejo y a Téllez para levantarles un reporte. Téllez y Vallejo fueron suspendidos por tres días. Cuando Vallejo regresó a clase, inició la amistad entre él y Serveti. Los dos se volvieron inseparables; se les veía en los pasillos; en las canchas, y en el salón se sentaron juntos con la anuencia de los maestros pues éstos descubrieron que el rendimiento de Serveti había mejorado. La prueba estaba en sus calificaciones; de cinco subió a ocho. ¿Y cómo no iba a ponerse a estudiar si Vallejo se traía a Serveti a base de regaños y coscorrones? Vallejo había asumido el papel de tutor. Le exigía trabajo y responsabilidad. Serveti lo obedecía en todo; se volvió, de alguna manera, en el hijo de Vallejo. Mejor dicho, en su esclavo. Yo pienso que Vallejo asumió tal poder porque la mamá de Serveti le delegó a Vallejo mucha autoridad. De esto me di cuenta la vez que estuve en casa de los Serveti en el cumpleaños de Mauricio. Sólo fuimos invitados Vallejo, Campos, Martínez y otro compañero de apellido Cortés. La madre era una mujer alta, rubia y guapa. Allí también estaban los dos hermanos de Mauricio: José Ángel, el hermano mayor; y Manolo, el menor. Supongo que no tenían papá, pues nunca apareció ni hablaron de él. “¿Y cómo se ha portado mi Mau?”, preguntó la señora a Vallejo. Y Vallejo lo acusó de no haber hecho una maqueta sobre un bosque para la clase de bilogía. La señora regañó a Mauricio por irresponsable; y a Vallejo, por no haberle exigido a Mauricio de ponerse a trabajar. “Vas a ver Vallejo, no me estás cuidando a Mauricio como se debe”, dijo la señora con una coquetería que me pareció sobreactuada.
En una ocasión, en pleno refrigerio, Martínez me dijo: “¿Qué crees? El prefecto se acaba de llevar a  Vallejo y a Serveti a la Dirección para que los reporten. Los encontró en el salón besándose detrás del estante de libros.” Cuando los dos regresaron al salón, varios se acercaron a Vallejo y Serveti, pero Vallejo pegó el brinco diciendo super enojado: “¡No me estén chingando o les parto el hocico!” Y aventó un manotazo a Pérez que si no se hace para atrás le hubiera reventado el labio. Nadie más se acercó a Vallejo y a Serveti.
Al otro día, ninguno de los dos se presentó a la escuela. Pensamos que los habían expulsado, pero no fue así. Campos fue el que nos dio la siguiente información: Vallejo y Serveti habían huido de sus casas y nadie sabía de su paradero. Me imagino que la desesperación de la señora Serveti fue tanta que me telefoneó una semana después de la desaparición de mis compañeros; su voz era gangosa como si acabara de llorar: “Disculpa, Dimayuga. ¿No sabes nada de mi Mau?” “No, señora.” “¿No te ha llamado Vallejo o mi hijo?” “No, señora.” “¿Qué te platicaban en los días previos a su huída?” “Pus nada, señora. Yo casi no hablaba con ellos.” “¿Por qué demonios me ocultan información? ¡Ni tú ni nadie me quieren dar información de mi hijo! ¡Me van a volver loca, loca!”, gritaba en efecto como loca, y colgó.
“Están en Acapulco y se están muriendo de hambre”, me dijo Campos en el receso de una clase a otra. “Ayer me llamó Vallejo; dijo que no tenían varo y vivían de pura limosna. Me dio la dirección donde quiere que le mande lana para comer. ¿Nos cooperamos?” Campos fue el responsable de hacer una colecta para rescatar a nuestros amigos del hambre y, en la tarde, Martínez y yo, lo acompañamos a Telégrafos para girarles los doscientos cincuenta pesos que juntamos; pero Vallejo ya no los pudo recoger porque al otro día que se lo mandamos, él apareció en el salón. Todos los amigos lo rodeamos y le pedimos que nos contara su gran aventura. Dijo que se habían ido a Acapulco con el propósito de irse en un barco como grumetes al Japón porque ya no le hallaban chiste vivir en México. Pero un lanchero de la playa Tlacopanocha les informó que allí no salía ningún barco con dirección al lejano oriente. La primera noche durmieron en la arena, debajo de un tamarindo; la segunda y tercera también. La cuarta noche durmieron en casa de un viejito canadiense que conocieron en el Zócalo del Puerto. Con él vivieron diez días, trabajaban para él como criados. Desde esta casa Vallejo le habló a Campos para pedirle ayuda. El canadiense se enteró de la urgencia, se compadeció de ellos y les dio unos pesos para que regresaran al DF.
Vallejo y Serveti se presentaron ojerosos y flacos al salón. En el refrigerio, los rodeamos para que nos contaran su viaje a Acapulco. Pero fueron parcos en sus relatos, apenas contaron lo que arriba mencioné. Ésta fue la última vez que vería de cerca a este par de amigos, porque al otro día, durante el refrigerio, en la Dirección de la escuela se realizó una junta extraordinaria donde los profesores y directivos del plantel analizaron el caso de Vallejo y Serveti. Allí también se encontraban mis dos amigos así como sus respectivas mamás. El refrigerio de cuarenta minutos ahora se había vuelto de hora y media porque la junta no terminaba. De pronto, escuchamos gritos de una mujer. Todos los que nos encontrábamos en el patio miramos hacia la entrada de la Dirección: la mamá de Serveti golpeaba a manotazos a Vallejo. Vallejo avanzaba reculando hacia el patio, con la cara cubierta con sus brazos. Ella decía desaforada: “¡Pisoteaste mi vida, imbécil! ¡Abusaste de la confianza que te di! ¡Y arruinaste la vida de mi hijo!” Vallejo tropezó y calló de espaldas. La señora ahora soltaba patadas contra Vallejo y le hubiera roto más de dos costillas si las maestras de inglés y la de historia no la hubieran detenido cogiéndola de los brazos. Le decían: “¡Señora, contrólese! ¡Lo va a matar! ¡Tranquila!” La señora consiguió chisparse de ellas, cogió de la mano a Serveti y se dirigieron hacia la salida. Vallejo se puso de pie y abandonó la escuela junto con su mamá, una señora pequeñita con delantal y la cara roja de vergüenza. Vallejo y Serveti fueron dados de baja.
Era la temporada de exámenes finales de mi último año de secundaria cuando, una noche, harto de estudiar, me asomé a la ventana para airearme. De pronto, vi a Vallejo parado en la acera de enfrente. Cruzó la calle y se dirigió hacia el edificio donde yo vivía. Mi reacción inmediata fue echarme hacia atrás y me paré detrás de la persiana. Abrí una de las pestañas y vi a Vallejo que se paró junto al poste de luz. Giró la cabeza hacia mi ventana, y gritó: “¡Dimayugaaaaa!” A mí me brincó el corazón de los puros nervios. Otra vez: “¡Dimayugaaaaaa!” Voltée hacia la puerta de la recámara de mis hermanas. Temí que se asomaran y me preguntaran que quién era ese chavo que nos gritaba en la calle. Afortunadamente ellas no escucharon. Vallejo soltó un tercer grito; dio media vuelta, y se fue con los brazos cruzados. ¿Qué quería decirme? ¿Por qué a esas horas de la noche? Nunca lo supe; jamás volví a saber de él.
El número telefónico de Serveti lo hallé por pura casualidad cuando me encontraba estudiando el tercer año del CCH. Le llamé y no lo encontré. Me contestó su hermano José Ángel. Le pedí que me contara nuevas de Mauricio. Me dijo que estudiaba en una escuela militar y era un excelente nadador. Había ganado tres medallas de oro en tres concursos internacionales de natación. Le pedí que me lo saludara. Le di mi número de teléfono, pero Mauricio Serveti nunca me llamó.

RETRATO CON MI ESPOSA E HIJO.

Soy un hombre soltero. No tengo esposa ni esposo ni hijos ni perro que me ladre. Pero hay momentos en los que me veo obligado a mentir, me invento una vida rara porque decir que soy un hombre soltero, a mi edad, despierta sospechas, desconfianza y otras cosas. Así pues, a veces digo que soy casado, sólo para que no me vean de reojo o simplemente lo hago para ejercitar mi capacidad de invención. He aquí dos estampitas de mi vida familiar imaginaria.
En cuanto abordé el taxi que me llevó a casa de unos amigos, sin decir agua va, el conductor muy confianzudo me preguntó: “¿Cómo está la familia?” Yo pensé en segundos: ¿Se refiere a mi papá y a mi mamá? Yo creo que no. Se refiere a mi esposa e hijos. ¿Cómo decirle que no tengo y que soy soltero maduro? Le intrigará y querrá preguntarme la razón por la cual no me he casado, entonces me recomendará que me case, que aún es tiempo de rehacer mi vida como dijera un taxista egipcio que conocí  en Nueva York. Así, pues, le di una respuesta seca como un portazo en la nariz.. “Mi familia se encuentra bien. Lléveme a la calle de Berlín.” “¿Lleva mucho tiempo de casado?”, me preguntó. ¡Qué viejo tan metiche! Le contesté con otra mentira: “Tengo veintidós años de casado.” “¡No me diga!, exclamó mientras me miraba  a través de su espejo retrovisor. “Entonces ya debe estar preparando las bodas de plata, ¿verdad?” “Je, je; más o menos”, contesté. Después de un suspiro largo, dijo: “Yo llevo once años de casado, y creo que no llegaré a los quince. Mi mujer… me pone el cuerno.” No tenía pruebas contundentes del adulterio, pero el comportamiento de su mujer la delataba. De un tiempo para acá, ella no quería hacer el amor con él y, “pues uno es hombre; uno tiene sus necesidades de hombre y que llegues a tu casa con ganas de tener relaciones y que la vieja no quiera, pues ¿uno qué piensa? ¡Anda con un cabrón!” Yo, como todo un experto en la vida conyugal, le dije que no pensara así de la señora sólo porque le había menguado el apetito sexual; eso es natural, todo es cíclico, más adelante el deseo se revitalizará. “Yo le sugiero que hable con ella para que no afirme algo de lo que no le consta.” Él dijo: “¡No me salga con eso, porque yo ya tomé la decisión: la voy a dejar! Si en estos momentos yo la encontrara con el sancho, les arrojo el carro, así como lo oye. ¡No me importa si me meten al bote!” El carro se detuvo en un crucero. Un niño, con el culo inflado por dos globos, se paró frente al taxi para realizar sus gracejadas. El taxista me preguntó: “¿Usted tiene hijos?” “Uno”, contesté. Él dijo: “Yo tengo una, y también por ella me quiero separar. No quiero que mi chavita se pase la vida escuchándonos todo lo feo que nos decimos. Los hijos no tienen la culpa de los errores de uno, ¿verdad?” Estuve de acuerdo con él, y le dije dos o tres cosas sobre la importancia de un clima armonioso para el buen desarrollo de los niños y sabe qué más. Cuando llegué a mi destino, el taxista me pidió que le saludara a mi esposa e hijo; y yo le desée que pronto hallara la solución de sus conflictos.
¿Cuál esposa, José? ¿Cuál familia? ¿Cuál hijo? ¿De dónde sacas eso? Y ahora que digo hijo, me acuerdo de una vez que fui al pueblo. Mi hermana, apenas me vio, me llevó a la terraza, y dijo: “Siéntate en ese sillón que quiero hablar muy seriamente contigo.” Jaló una silla, se sentó frente a mí, pegó su barbilla contra su pecho y con una mirada que me traspasó la cabeza, dijo: “Quiero que me digas la verdad y nada más que la verdad. ¿Tú tienes un hijo?” “¿Cómo?”, le pregunté. “Haz memoria. Hace unos ocho o diez años, ¿te acostaste con alguna chava?” Para darle más dramatismo a la escena, me puse de pie, y le dije: “¡Nancy, cómo se te ocurre! ¡Jamás! Tú sabes que admiro y quiero a las señoras, pero jamás he, ni habría por qué faltarles al respeto. ¿Por qué me preguntas eso?” Ella se acercó a mí, y bajándole el agua a los tamales, contó lo siguiente: “La semana pasada vino a la tienda una señora que dijo llamarse Estefanía y aprovechando de que no había clientela, me dijo que tú te habías acostado con su hija y que, producto de esa relación, la muchacha tuvo un hijo, que es su nieto, que es tu hijo, o sea mi sobrino, y ahora lo traía a presentármelo para que nos hiciéramos cargo de él.” “¿De veras?”, exclamé emocionado. “¿Es tu hijo, entonces?”, preguntó mi hermana. “Claro que no”, contesté riendo. “¿Entonces por qué te emocionas?” “Pues porque está chistoso el asunto”, dije. “Pues a mí no me pareció nada chistoso, dijo mi hermana, porque la señora estaba tan necia de que tú eras el padre del chamaco que me hizo enojar. Yo le dije: ‘Mire, mi hermano no puede ser el padre de su nieto, ni yo su tía, porque mi hermano es gay.’ Doña Estefanía dijo: ‘Eso debió haberlo estudiado después, y pus ahora se tiene que responsabilizar y…’ Yo la interrumpí, porque me di cuenta de que no había entendido la palabra gay, así que mientras ella trataba de convencerme de tu paternidad, le grité: ¿No entiende? ¡Mi hermano no es como el común de los señores!’ “¿Cómo?”, dijo ella. “Mi hermano se va a la cama con uno y otro señor (Aquí mi hermana exageró, la verdad; ojalá y así fuera) y no con señoras.” La señora sacudió la cabeza como si hubiera recibido un cubetazo de agua helada. Dijo: “¿Y entonces?”, preguntó doña Estefanía. “Luego entonces, se me va a embaucar a otra más taruga”, dijo mi hermana. La pobre de doña Estefanía dio media vuelta y se fue con el escuincle detrás de ella.
“¿Y cómo era mi hijo? ¿Se parecía a mí?”, pregunté. Mi hermana torció la boca, y dijo. “No hagas ese tipo de preguntas que te puedes meter en un problema. Pero si quieres saber cómo era, no te lo podré decir porque el chamaco estuvo todo el tiempo parado en la entrada de la tienda, con las manos metidas en sus bolsillo, miraba a los carros pasar. Eso sí, lo vi de pocas carnes y mal vestido.” En ese momento me imaginé a mí mismo a la edad de ocho años: flaquito, metido en una chazarilla de popelina, unos pantalones de gabardina y en guaraches. Le dije a mi hermana: “Ay, pobre, criatura, lo hubieras abrazado.” “¿Cómo crees, José? La señora me lo hubiera champado para hacernos cargo de él. La crisis está de la fregada; la gente nomás anda buscando de dónde sacar los centavos. Ya me voy pues, sólo quería que me aclararas.”  Mi hermana se fue a la tienda, y yo me quedé solo en la terraza. Me vino a la cabeza la imagen de mi supuesto hijo y yo. Me imaginé que lo agarraba de los hombros y, como en los grandes melodramas del cine mexicano, le decía con voz trémula: “Yo soy tu padre, hijo.” Y el chamaco me decía: “¡Papá, papaíto!” Y nos abrazábamos bañados en lágrimas.
Y esta es la historia de mi familia, resumida en un abrir y cerrar de ojos.

AMARILLO

El aguacero no me impidió llegar al teatro El Milagro, hoy fue el penúltimo día de Amarillo, una obra que me recomendó Irving y Eloy, cosa que les agradezco porque me gustó, nos gustó a los setenta espectadores que presenciamos el testimonio de Juan, es decir de Pedro o Paco o José o nadie, “Yo soy Nadie”, dijo el actor principal, Raúl Mendoza, que le da vida a Nadie y a Todos los que arriba mencioné y que salen de Guerrero, Michoacán, Oaxaca o Guatemala, atraviesan la república para llegar a la frontera, “¿y qué es la frontera?”, la cicatriz, la boca del laberinto, el infierno que es el desierto, el comal, me acordé de Comala, en donde las lágrimas se secan pus ni cómo llorar, cómo orinar si los conductos se secan ni qué tragar si ya no salivan las glándulas de Pedro, Juan, Paco, Nadie y Todos los que presenciamos, y yo sentí que la boca se me secaba de tanto desierto que veía en escena, de tanto sol y arena en los ojos, extrañé una botellita de agua, ni cómo abandonar mi butaca y llevarme a la boca el bidón, ¡con tantos bidones en el escenario y yo sin poder beber!, tampoco pueden Pedro, Juan, Todos Los Sedientos que interpretaba Raúl Mendoza, había bidones sembrados en el desierto, pero Nadie agonizaba sin morirse, qué horrible es morir de sed, finalmente fallece en parte porque se vuelve fantasma, un sueño, apenas murmullo, para regresar a su pueblo, a sus orígenes y así referirnos su historia, el comienzo de su vida, jeje, si vida puede llamarse a lo que vivió en su pueblo, una cuadrilla refundida en la sierra guerrerense, en la selva chiapaneca, o del devastado altiplano, no importa, todos los jodidos vienen del mismo pueblo, deste pueblo proviene Nadie, sediento de oportunidades, de sueños, los recuerdos de Nadie en su pueblo, tan colorido por las faldas de las muchachas, por el grito y la sangre de los puercos, y le dice a su novia que se va y comienza su viaje hacia arriba, siempre hacia arriba, trepando trenes en plena marcha, trepando cerros, trepando bardas, la Gran Barda porque le urge llegar a Amarillo, el poblado de Texas, no el camino amarillo de Dorothy que la lleva a Oz, no, Ricardo, Paco, Toño, Luis, los que cruzan frente a nosotros van solos, que se los chinguen los francotiradores por hambrientos, y cruza Nadie enfrente como un puto sueño desierto se nos instala en la garganta, no podemos hacer nada, apenas arrellanarnos en la butaca por lo que pasa, ¡que ya pase!, la Odisea del Ulises prieto en el mar amarillo sin patria ni retorno, “¡Bravo!”, gritamos algunos en la ovación final y todos, yo, acabo conmovido confuso por la historia de Nadie, por las bailarinas, el actor y el cantante, por ese fenómeno de maravilla amarilla: multimedia, danza, teatro, música, qué gusto haber ido, la lluvia continuaba afuera, ¡ay, el agua!, y Amarillo quedaba en el Milagro, en la memoria, en el Norte dicen que se localiza donde Juan, Toño, Salomón, atraviesan con solo un bidón, ojalá que aguante, ojalá que aguante, ojalá…

NAPITO

Los textos dramáticos son como las personas; unos nacen con estrella y otros no. Hay textos por los que uno siente cariño, pero no corren con la suerte de que se publiquen o se monten; otros, aún no acaba uno de ponerles el punto final cuando ya aparece un productor interesado en ellos para montarlos y, asimismo, corren con la suerte de publicarse y distribuirse por toda la república. A este segundo orden pertenece Afectuosamente, su comadre; una obra que, desde su primera aparición, allá en 1993, ha corrido con suerte y, por consiguiente, yo también. Gracias a ella he conocido a gente y lugares lindos. Así, he estado en Mérida, Puebla, Taxco. Y, hace un par de semanas, estuve en Baja California, invitado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura, a presentar mi libro que reeditó Quimera, en la feria del libro de Tijuana. Tres días antes de este viaje, escribí en el Facebook: “¡Me voy a Tijuana!” Y esa tarde, un contacto de nombre Jonathan me mandó un mensaje en el que leí: “Si cruzas la frontera y vienes a San Diego, llámame para que te pasee. El número de mi cel es tal y tal. Yo a ti te conozco, ¿sabes?” Copié el número telefónico, y volé para el Norte.
En Tijuana, la presentación del libro estuvo mona y, como le corresponde a un libro con estrella, firmé varios ejemplares. Al otro día, después de pagar otra noche de hotel, me dirigí a la frontera a formarme en una cola kilométrica. Le mandé un mensaje a mi contacto del Face, al tal Jonathan. Acordamos en donde vernos y pasó por mí, en un Lincoln azul, en la calle cuarta de San Diego. Desde que estreché su mano me cayó bien; es desos muchachos que en su mirada luego luego se les transparenta la bondad. “¿A dónde quieres ir?”, me preguntó sonriendo. Le dije que me llevara a donde él quisiera, pues era la primera vez que visitaba California. Arrancó su auto y me llevó a un bar que se llama Loft, ubicado en Hillcrest, el barrio gay de San Diego. Era el medio día y el bar estaba lleno de jóvenes que celebraban el triunfo de su equipo de futbol. Mientras nos tomábamos una chela, le pregunté que cómo estaba eso de que me conocía. Dijo ser del mismo pueblo que yo. “¿Hijo de quién eres?”, le pregunté. Dijo ser hijo de Sara, la Chilatera. “¡Ah, claro! Tu familia pertenece a la religión La Luz del Mundo.” Él asintió; y aclaró que, aunque su familia era muy religiosa, él no la practicaba. En el Loft me percaté de la popularidad de Jonathan: saludaba a muchos parroquianos; incluso algunos lo besaban o le hacían cariñitos en el pelo. Y como me intrigara, contó que hace cuatro años trabajó como barman en el Loft. Por tal motivo, también conocía a la clientela del Number One y Mo’s, bares a los que me llevó y en los que me presentó como su brother. Yo le dije que mejor me presentara como su father, pues nadie creería que un joven de veinticuatro años tuviera un hermano de mi edad. Después del Mo’s, nos subimos a su auto y me llevó al mar. Cuando descendimos del carro, dijo: “Tienes que conocer la locación de Some like it hot. ¿Conoces esa película?” “¡Claro, le contesté, es de Billy Wilder, uno de mis directores favoritos!” La dichosa locación era el antiguo Hotel del Coronado, un edificio victoriano de finales del siglo XIX considerado en sus tiempos como el hotel más grande del mundo. Después de una sesión fotográfica en la playa, donde Tonny Curtis le mete la pata a la Monroe para que tropiece, Jonathan me condujo al interior del edificio. En las paredes de uno de los pasillos había fotos de Marilyn, Tony Curtis, Jack Lemmon y Billy Wilder en el momento de la filmación. Dije: “Se supone que en la película, Jack Lemmon y Tony Curtis, disfrazados de mujer, se dirigían en tren junto a la Monroe hacia Miami, ¿qué no?” “Pues sí; pero la filmaron aquí”, dijo Jonathan, feliz y orgulloso.
Después del Coronado, mi paisano me llevó a La Jolla, luego a La Playa de los Niños donde medio centenar de focas tomaban el sol. Cuando comíamos un filete de pescado con hierbas finas en el restaurant Fish and Fish, me pidió que le contara cosas del pueblo. A Jonathan se le iluminó la cara mientras me escuchaba las nuevas de Palma Gorda. Casi implorando, me pidió que me fuera al día siguiente. Le dije que me hubiera encantado, pero tenía que regresar a Tijuana; mi boleto de avión marcaba las nueve de la mañana del otro día. Terminamos de comer, y a las seis de la tarde agarramos camino con dirección a la frontera. Me pidió que siguiera platicando del pueblo; le hablé de mis amigos del pasado: Jando Plata, El Coquis, El Cigüe y Panchita Medina. Después, mencioné al hermano de Panchita: Napo y… su trágico accidente. “¿Tú lo conociste? Cuéntame de él”, me pidió. Le dije que sí; que en varias ocasiones Napo y yo tomamos cervezas en varias cantinas del pueblo. Recuerdo que una vez, después de haberlo acompañado a darle serenata a su novia, le confesé que me gustaba y él, con una sonrisa me lo agradeció, dijo que se sentía halagado, pero no podía corresponderme. Has de saber, le contaba a Jonathan, Napito Medina era muy guapo; de un moreno cobrizo y ojos verdes, amén de simpático y cantador. Alto, delgado y de piernas musculosas porque jugaba fut. Su muerte, debida a un accidente automovilístico en la carretera a Acapulco, conmocionó a todos los habitantes de Palma Gorda. La noticia del deceso se desparramó por todo el municipio, de tal forma que mucha gente de las cuadrillas vecinas asistieron a la misa de cuerpo presente. La iglesia estaba atiborrada. El sacerdote no consiguió acabar el sermón porque lo traicionó el llanto. El cortejo fúnebre fue de los más concurridos. A la hora en que bajaban el féretro a la fosa, varias muchachas cayeron privadas al suelo. Yo quise guardar la compostura, pero fue por demás: las lágrimas se me rodaron y sentí una desesperación horrible al pensar que nunca más veríamos pasar a Napito cuando se dirigía a las canchas, al baile, al cine. ¡Era una chilladera! Todos amábamos a Napito.
De pronto paré de referir la historia, porque Jonathan carraspeó de manera extraña. Lo regresé a ver, y me di cuenta de que rodaban gruesas lágrimas por sus cachetes. Le dije: “¿Estás llorando, Jonathan?” Él , sin voltearme a ver porque iba manejando, asintió con un movimiento de cabeza; quiso decir algo, pero no pudo. Yo dije, preocupado: “Pero… ¿Por qué lloras si… si ni siquiera lo conociste? Napo murió en mil novecientos ochenta y cuatro. ¡Tú aún no habías nacido!” Entre sollozos, Jonathan me dijo que esa historia de la muerte de Napito siempre lo pone sentimental: “Yo no lo conocí; pero mis tías, sí. Y ellas, cada vez que la cuentan, chillan de sólo recordar.”
Llegamos a la frontera. Jonathan bajó del auto para que nos despidiéramos. Dijo que esperaba que nos viéramos pronto. Le dije que no sabía cómo agradecerle tantas atenciones, y nos abrazamos fuerte, tiernamente, como si en el abrazo nos diéramos el pésame por el sensible fallecimiento de nuestro querido amigo Napoleón Medina.
Hotel del Coronado, San Diego, California.

DE TELENOVELA

“¡Ay, no puede ser! ¡Regresan en los puros huesos!”, exclamó mi mamá cuando nos vio llegar a la tienda. Dejó de atender a una clienta y vino hacia nosotros para abrazarnos. A nuestra flaqueza la acentuaba el cansancio de las nueve horas de viaje que hicimos en camión del Distrito Federal a Palma Gorda. Después de cerrar la tienda, fuimos a la pozolería de don Beto a cenar. Allí, mamá nos preguntó la razón por la que nos encontrábamos tan flacos, que si no comíamos en la ciudad de México, que si no nos alcanzaba el dinero que nos mandaba, o qué, pues. Le dijimos que sí comíamos, pero no sabíamos guisar tantos platillos; es más, sólo guisábamos todas las variantes del huevo: huevo con chile, chile con huevo, a la mexicana, huevo solo, estrellado, etc. “Uy, pues con esa dieta no van a sacar buenas calificaciones. Mejor les voy a conseguir una muchacha para que les guise y coman como Dios manda.” Durante nuestras vacaciones decembrinas, mi mamá se dedicó a buscar sirvienta en Palma Gorda, pero no halló; tuvo que hacer viaje especial a su pueblo, Las Mesas, donde consiguió una muchacha que se presentó el último día de nuestras vacaciones en Palma Gorda. Su nombre era Feliciana, pero mi mamá nos la presentó como Chana y las dos eran parientas lejanas, las dos compartían uno de sus apellidos: Rodríguez; por esta razón Chana llamaba “tía” a mi mamá. Pero no se parecían nada físicamente. Feliciana era chaparrita y de vientre pronunciado. Tenía una mata de cabello abundante y chino. Su tez no era de un moreno rojizo, sino ligeramente verde; con un lunar entre ceja y ceja bien pudo pasar por hindú.
Cuando estuvimos en México, nos dimos cuenta de que Chana era buena para preparar tamales con hoja de plátano, pozole, picadas, cecina con frijoles, aporreadillo con tan buen sazón que pronto nos hizo aumentar de peso y abandonar el pálido de muerte que tanto asustó a mamá. Chana no sólo resultó ser buena para el metate sino para las relaciones públicas también. Pronto hizo amistades con el vecindario del edificio. Por si fuera poco el quehacer que le dábamos, la vecina del catorce le encargaba a Memito, pues la vecina no tenía lana para la guardería y a su trabajo le prohibían llevar al bebé. Chana también trabó amistad con sirvientas de otros departamentos; éstas eran cinco y se reunían los jueves en nuestro depa donde discutían cosas, supongo, de suma importancia puesto que apenas aparecía yo, ellas bajaban la voz o de plano guardaban silencio para que no las escuchara. “¿Qué tanto discutían las muchachas, pues?” Muy pronto encontraría la respuesta.
Un domingo por la tarde, mientras yo hacía la tarea escolar en mi recámara, escuché el grito de mi hermana Martha que se encontraba en la sala. Al punto, hice a un lado mi cuaderno y corrí a reunirme con ella. “¿Qué pasa?”, le pregunté. “¡Chana está en la televisión!”, dijo emocionada. Miré hacia la tele y sólo vi a Leo Dan que cantaba “Mary es mi amor”, en el programa de Raúl Velasco. “No la veo”, le dije a mi hermana. “¡Allí está, mírala!” La cámara había girado hacia el público y vi a Chana entre Maca y Tere, las sirvientas de los departamenmtos 7 y 9. Las tres, entre otras fanáticas, cogían una manta que decía: “Club de admiradoras de Leo Dan.” Todas pegaban unos alaridos espantosos mientras saltaban de la emoción. A mí me dio gusto verla en la tele; a mis hermanas también. Pero a mi hermano René no le hizo ninguna gracia; arrugó la cara, se levantó del sofá y se fue a encerrar al cuarto.
René no quería a Chana; le caía gordo todo lo que ella hacía. Una vez lo vi meter la mano a la jarra de agua fresca para extraer los cubos de hielo y los arrojó a la ventana. René dijo: “¿Para qué le pone hielos al agua? ¿Nos quiere enfermar de gripa, o qué?” También criticaba mucho sus guisados: que estaban salados o demasiados grasosos, etc. Nada le parecía. Y ahora, para acabarla de amolar, Chana salía en la tele. Más tarde, mi hermana Nancy le preguntó a René: “¿Por qué te da tanto coraje Chana?” Entonces él contestó con algo que me dejó intrigado: “Yo sé por qué me cae gorda; pero mejor que se los cuente mamá cuando venga a México.” Ah, caray, ¿qué cosa tenía que revelarnos mi mamá? Ahora Chana tenía un aura de misterio que la hacía interesante a mis ojos. Los malos tratos de René continuaron, y sólo cesaron cuando mi mamá llegó a la ciudad de México. Mi hermana Martha aprovechó la ocasión para comentarle a mamá que se le habían desaparecido de su monedero la cantidad de cincuenta pesos. Y mi hermana Nancy dijo que, de ocho pantaletas que tenía la semana pasada, ahora, misteriosamente, sólo tenía dos. Era claro que había un ladrón en casa y, obviamente, las sospechas recayeron en Chana quien, en esos momentos, se encontraba lavando ropa en la azotea. Mi mamá aprovechó su ausencia para decirnos que mi tía Soste le advirtió que Chana era muy eficiente para el quehacer, pero le encantaba apropiarse de lo ajeno. “Una pinche ratera. ¿Ahora entienden por qué me cae mal?”, dijo mi hermano René, quien al punto, junto con mamá, abrieron la caja de cartón en la cual Chana tenía sus pertenencias y, justo al fondo, encontraron cuatro pantaletas de Nancy, tres brasieres de Martha, un muñeco de peluche de Mirna y de los cincuenta pesos ni sus luces. Así que, en cuanto Chana entró al departamento, mi mamá le preguntó con voz golpeada que por qué tenía en su caja la ropa interior de mis hermanas, que eso la hacía pensar que Chana había robado los cincuenta pesos, que si no sabía que hay un Dios que todo lo ve y todo lo castiga. Chana tenía la mirada en el piso, no miró a ninguno de nosotros. No chistó nada. Comenzaron a rodárseles las lágrimas. Mi mamá dijo: “Así no hallarás a nadie que te quiera. Acabarás sola y despreciada.” Entonces Chana se tiró en su catre y se puso a llorar bocabajo, con tanta fuerza que Nancy se acercó a ella, la acarició el hombro mientras decía: “Ay, Chana, pero no te pongas así.” Entonces Chana sacudió la espalda, y dijo, sollozando: “¡No me toques, Nancy, por favor; no me toques!” Nancy se apartó de ella.
Al otro día, Chana no amaneció con nosotros. Hallamos su catre vacío y una nota que decía. “Ya me fui. No me busquen porque no me hallarán.” No la buscamos y no supimos de ella por varios meses. Pero un año después de su partida, recibí una carta bastante choncha con timbres postales de los Estados Unidos. La abrí. Adentro venían una carta, seis postales y folletos de un hotel lujoso de la ciudad de Nueva York. La remitente era Chana. En la carta me decía que andaba en Nueva York, pero ya había visitado varias ciudades de la Unión Americana, tales como Dallas, Chicago y Nueva Orleáns. Conocía esas ciudades gracias a que entró a trabajar con la Familia Villa Arteaga, una familia compuesta por catorce hermanos, la mayoría mujeres y todos conformaban una orquesta musical que tocaban de todo: Charleston, mambo, chachachá, cumbia, swing, etc. El espectáculo musical lo completaban con bailes, también realizados por ellos, desde danza regional mexicana hasta country. La carta de Chana tenía cinco hojas, tamaño suficiente para hablarme de cada una de las chicas con las que trabajaba; asimismo, confesó su pena por robarle los calzones a mi hermana y juraba que un acto semejante no volvería a suceder. Decía: “Ahora toco el güiro y tomo clases de jazz. Les mando un abrazo y bendiciones. Con cariño, Fely”. De ahora en adelante, siempre firmaría como Fely, y no Feliciana, mucho menos Chana. “O sea que se cambió el nombre, como las artistas”, dijo mi hermana Martha cuando acabé de leer en voz alta la carta.
Chana y yo nos carteamos durante varios meses. Yo esperaba siempre con ansiedad su respuesta, porque recibía fotos y postales por montones que luego yo las presumía a mis amigos de la secundaria. Vía epistolar nos comentábamos de todo; así, le notifiqué el fallecimiento de mi abuelo Juan. Cosa que no debí haber hecho, pues ella me contaría que se le bajó la presión y se desmayó. Tuvieron que llevarla al hospital para que volviera en sí. Dijo que lamentaba mucho la muerte de Papa Juan; le contó a la familia Villa Arteaga lo sucedido y todos la acompañaron a rezar una novena por el descanso eterno de mi abuelo. Los meses pasaron y una vez que llegué a casa, a medio día, pues me encontraba en exámenes finales de mi tercer año de secundaria, encontré a Chana en la casa. En cuanto me vio se abalanzó hacia mí, me abrazó y me llenó la cara de besos. Ella decía: “¡Oh, José, oh!” Los ojos los tenía llorosos de la emoción. De un bolso sacó mi regalo que trajo de Nueva York: una bola de cristal que al voltearla nevaba sobre un furioso King Kong. Mis hermanas me mostraron sus presentes: Nancy me presumió tres calzones de seda; Martha una pañoleta con el Empire State estampado, y Mirna, dos barbies: una rubia y la otra negra. René nunca salió del cuarto a recibir su regalo: un diminuto radio portátil. Luego de la euforia, me dijo: “Ponte un short para enseñarte a bailar jazz.” Chana estaba metida en un leotardo negro. Mis hermanas ya estaban en shorts, sudadas, debido a las clases del mentado jazz. Fely, antes Chana, comenzó a enseñarme los pasos difíciles de un baile que ella había aprendido con sus nuevos patrones. Después de mi única y última clase de baile, Fely sacó unos zapatos de charol y se puso a bailar tap mientras cantaba una canción en inglés que sólo ella y Dios entendían. Al finalizar su pequeño show, nos contó que pronto subiría al escenario junto con la orquesta de sus patrones y tocaría, cantaría y bailaría como una artista completa y profesional. Nos hablaba entusiasmada de la próxima gira que haría con la familia de artistas cuando la interrumpió un claxon que sonaba con insistencia en la calle. Fely corrió a la ventana, y dijo: “Ya vino el chofer por mí. Me tengo que ir.” Se puso rápidamente su blusa, pantalón, sombrero, cogió su maleta y después de besarnos, dijo que regresaría en el invierno. Fely salió. Mis hermanas y yo corrimos hacia la ventana para ver el momento en que se subía a una combi color azul, nos dijo adiós detrás de la ventanilla y esta imagen diciéndonos adiós es la que guardo de ella porque jamás, qué pena, volvimos a saber de ella. A finales de los setenta, Raúl Velasco anunció que la Familia Villa Arteaga se presentaría en su programa. Y así fue, La Familia se presentó con su espectáculo pero Chana no estaba allí. Quiero pensar que conoció a un hombre rico, se enamoró de ella, la sacó de criada y se la llevó a vivir a una zona residencial de una gran ciudad.
Feliciana era una mujer luchona y buena. Se merece, de veras, un final feliz; de telenovela.

VICKY LA DIABLA Y LOS ACADÉMICOS.



Este viernes 28 de mayo, a las 11:00 a.m., se presentará el libro "Afectuosamente, su comadre", en la Sala de Congresos de la Facultad de Estudios Superiores, ACATLÁN. Asiste.

AFECTUOSAMENTE, SU COMADRE, en TIJUANA.




De Tijuana es la escritora Rosina Conde quien, a inicios de los noventa, Luis Zapata me la presentó como La Rorró y en seguida me cayó bien por su entusiasmo y risotada franca. Una vez que nos encontramos en casa de Luis, le pedí de favor a La Rorró que leyera una obra de teatro que yo acababa de escribir. Luego de leerla, me dijo que le había gustado y preguntó que quién me la iba a publicar. Le dije que no conocía a nadie del mundo editorial. Ella dijo con su voz golpeada: “Dame una copia para que la dictaminen en Tierra Adentro. Yo la llevo. Estoy segura que les va a interesar.” Le di una copia y a los seis meses, vi mi libro impreso de “Afectuosamente, su comadre.”
De Tijuana también es Arcángel, el novio de Vicky La Diabla, personaje de Afectuosamente, su comadre. Vicky lo conoció en la ciudad de México y quedó enamorada de él.  Árcángel se va a Tijuana y Vicky vivirá obsesionada por su galán. A lo largo de toda la obra, Tijuana es el gran objetivo al que Vicky pretende llegar y, así, darle fin al desasosiego que le dejó la ausencia de su amado.
Lo que son las cosas: por pura ocurrencia metí la ciudad de Tijuana en mi obra. Ahora resulta que ésta me llevará allá pues la presentaré en la 28 Feria del Libro que está dedicada ni más ni menos que a Rosina Conde.
 La Rorró me ha dicho que estará en la presentación. Yo le dije que la acompañaré en el homenaje que le harán en la Feria.
El azar es chistoso, pues.


Presentación de "Afectuosamente, su comadre" (Quimera, 2010).

Presentan:
José Dimayuga
Alfonso García-Cortez
Eduardo Andrade
y Sergio Téllez-Pon

Feria del libro de Tijuana
Viernes 21 de mayo, 19 hrs.

UNA MUJER DE TANTAS

En la ciudad de Guadalajara, Jalisco, se estrenará la obra de teatro UNA MUJER DE TANTAS

Temporada Mayo2010:

UNA MUJER DE TANTAS
de José Dimayuga

Dirección: Alfredo Orozco
Género: Farsi-Comedia
Duración: 90 minutos
Lugar: Foro de Arte y Cultura de Guadalajara
Hora: 20:00 hrs
Fechas: martes 4, 11 y 25 (clausura)
Precio: Estudiante/profesores $50.00 / General $70.00
Breve Sinopsis:
El escritor Napoleón ha desarrollado una radionovela "Ilusiones Marchitas". Éste recibe la visita de su madre, quien hace de él y de su novela un guiñapo, afectando a la protagonista de la radionovela, Blanca Estela... La Coja Garrido.

CREDITOS:

Actuación Estelar:
Marcia Sandoval como Blanca Estela

Gran Elenco:
Christopher Cárdenas como Napoleón
Mariana Giron como Amanda Castrejón

Elenco Secundario:
Flavio Robles como Alejandro Montiel
Samuel Morales como Viridindo
Guyphytsy Rubio como Rita Vargas
Alfredo Orozco como Jimmy Capellini
Marco P. Korreli como la Voz en off

Cuerpo Actoral:
Ana Garcia
Jania Lozano
Yahaira Ramírez
Luis Felipe Morales
Manuel Rodríguez
Mauricio Loera
Octavio Villavicencio
Janette Enriquez
Michelle Quesnel
Samuel Morales
Eligio Lomeli
Virginia Guardado
Anita Fregoso
Héctor González
David Martinez

Coordinación Instrumental (Clásico y Blue/jazz):
Juan Mejía

Músicos:
Aralim Figueroa - Viola
Adán Madrigal - Violín
David Gavaldón - Bajo
Enrique Ibarraran - Saxofón
Eva Ríos - Cello
Francisco Morales - Violín
Juan Mejía - Guitarra
Marco P. Korreli - Guitarra
Rodolfo A. - Batería

Maquillaje y Peinados:
Fátima Vázquez

Vestuario:
Asaael Carvajal

NOTAS PARA UNA AUTOBIOGRAFÍA

Habré tenido seis años de edad cuando mi papá me cayó muy gordo. Me cayó de veras mal desde la vez que me llevó al río El Camarón, aquél que baja pegado a la carretera a Acapulco y desemboca justo en el puente del río Papagayo. A mi papá lo habían invitado sus amigos Don Proto, Don Martín y don Amando, quienes también llevaron sus respectivos hijos: Benito, Jandolín y Mando. Allí jugué con mis amigos en lo bajito mientras nuestros padres hacían competencias de natación. Más tarde no sé a quién se le ocurrió pasar al otro lado del río. Así que cada papá echó sobre sus hombros a sus hijos para cruzarlo, a nado, a la otra orilla. Todos pasaron a sus hijos, menos mi papá. Él cruzó sin mí, y yo me quedé como menso, viendo cómo se alejaban; ya desde la otra orilla mis amiguitos me miraron y se cuchicheaban cosas que les causaba risa. Yo me sentí de la patada y, obviamente, muy enojado con mi papá, pero no se lo expresé. ¿Por qué no me llevó con él, tal como lo hicieron los otros señores con sus hijos? Nunca lo supe. Eso me molestó mucho. Ya en la camioneta, de regreso a casa, no le dirigí la palabra; pero él ni siquiera percibió mi enfado.
Fue entonces que se me ocurrió la idea de adoptar un nuevo padre. ¿Pero quién iba a ser? Los padres de mis amigos no tenían el perfil que yo deseaba. Don Amando me parecía demasiado barrigón; don Proto manaba un olorcillo a cuaxcli; don Martín era demasiado estricto y traía a punta de regaños a su hijo Jandolín. Pero muy pronto encontré al adecuado. Lo conocí una tarde en el cine Rosalinda, en la película Tarzán y su hijo. La vez que vi a Johnny Weissmuller en su taparrabos, me dije: ¨¡Claro! ¡Él será mi papá!” Era justo como yo lo quería: guapo, valiente, buena gente, nadador y, sobre todo, derrochaba cariño por montones a su hijo Boy. Salí del cine feliz por mi hallazgo. A partir de entonces, me entregaba a ensoñaciones en las que Tarzán era mi papá y yo era Boy; me enseñaba a montar elefantes, trepar los árboles, nadar en las pozas de La Pinta y La Tunca.
Mi padre real seguía portándose mal como él solo; es decir, me castigaba si no hacía las tareas escolares, si no trabajaba en la tienda, si pasaba todo el tiempo jugando con mis amigos en la calle, etc. ¡Qué afán de hacerle la vida difícil a un niño, caray! Naturalmente, yo me enojaba; y sentía lástima por él. Pensaba: “Pobre. Si supiera que no es mi verdadero padre, sino Tarzán.” Pero pronto me enfadó Tarzán y lo sustituí por David Silva en el papel de Huracán Ramírez quien, además de pelear contra los malosos, amaba sobre todas las cosas a su hijo Pepito y Titina Romay . Ahora me daba por soñar que él llegaba a Palma Gorda y me defendía cuando mi papá me regañaba por faltas sonsas que yo cometía en casa. Después de azotarlo al piso, y hacerle una llave que lo dejaba como garabato, Huracán Ramírez le decía a mi papá que nunca más me castigara o habría de  vivir con los huesos rotos por el resto de sus días, “¡y recuerda esto, canalla, yo soy el verdadero padre de José!”, le decía Huracán Ramírez a mi papá. Y como soñar está a un pasito de ser cierto, mi sueño pronto se hizo realidad. ¡Huracán Ramírez (David Silva) llegó a Palma Gorda! ¡Sí! Lo llevó la caravana artística de la cervecería Corona junto con cantantes y cómicos famosos del cine y la televisión. Recuerdo que los artistas, uno a uno, se presentaron en el salón del H. Ayuntamiento de Palma Gorda, y cuando le tocó el turno a David Silva, todo el público enloqueció. Le gritaban: “¡Viva Huracán Ramírez! ¡Viva!” Y él sonría, al principio, amablemente; pero su gesto dulce pronto cambió a grave porque tanta bulla le impedía iniciar su show. Así que intervino el conductor y pidió enérgico que guardáramos silencio o el señor Silva se iba a tener que retirar. Y sí, ya bajo amenaza, cerramos la boca y David Silva abrió la suya para recitar el poema “Mitad tú, mitad yo.”
***
A Manuel López Ochoa ya lo había visto en varias películas de melodramas rancheros; me parecía guapito y hasta allí. Pero cuando vi la película Seguiré tus pasos, decidí abandonar a David Silva y adoptar a López Ochoa como papá. En esta peli, el actor es el padre de Juliancito Bravo; y lo matan en el minuto cinco de un balazo en la panza. Juliancito y yo lloramos mucho su muerte; nos parecía injusto que un hombre tan bueno, simpático y amoroso hubiera acabado de manera tan cruel.  En el minuto quince Juliancito supera el duelo gracias a los cuidados que le brinda el sacerdote José Mojica, quien lo recoge para hacerse cargo de él. Yo no me recuperé tan pronto como Juliancito. Durante toda la película me la pasé suspirando cada vez que me acordaba de López Ochoa. Murió en la peli, pero decidí resucitarlo en mi imaginación: lo volví mi papá. Desde entonces no me perdía una peli de él. Recuerdo que odié sobremanera a Susana Alexander en Chucho El Roto, pues despreciaba a mi padre por ser pobre y, por si fuera poco, obstaculizaba el romance que mantenía con Blanca Sánchez.
Cuando dejé la infancia también dejé todas esas invenciones que hice con los actores de cine. No volví a adoptar a ningún padre. Sin embargo, hace un par de semanas, un taxista me platicaba que en sus años de juventud había sido gran amigo de Manuel López Ochoa. “¡No me diga!”, le dije. Contó que los dos asistían al mismo gimnasio; los dos jugaban golf, y realizaron un par de viajes a provincia. Incluso los hijos de ambos tomaban clases en la misma escuela. Dijo el taxista: “Y no crea que él era chocante, no; sino todo lo contrario: muy buen amigo, sencillo y cantador. Porque él era cantante. ¿Sabía usted que cantaba muy bien?”
Pero llegué a mi destino; ya no me dio tiempo de decirle que sabía eso y muchas cosas más. ¡Y cómo no iba a saberlas si López Ochoa fue mi papá!

TRABAJANDO un día particular.

Después de comprar mi boleto en el teatro El Milagro, salí a la calle para hacer tiempo pues aún faltaban veinte minutos para que iniciara la función de Trabajando un día particular, un espectáculo de Laura Almela y Daniel Giménez Cacho, basado en la película Una giornata particolare, de Ettore Scola.
Miraba al fondo de la calle Milán cuando vi a lo lejos a Eloy Hernández, un dramaturgo que conocí en el Face. Nos reconocimos y nos saludamos. Me dijo que desde tiempo atrás quería ver la obra, pero siempre encontraba las localidades agotadas. Agarramos una plática sabrosa y en esa estábamos cuando vi que Giménez Cacho y Laura Almela también se encontraban de alta chacota afuera del teatro y eran casi las ocho y media. Así que le dije a Eloy: “¿Habrase visto? La obra está a punto de comenzar y los actores están departiendo con sus amistades.” “Así son ellos”, dijo Eloy. Entonces el público comenzó a ascender las escaleras hacia la sala. Entre la bola vi a Laura y Daniel que subían también muy quitados de la pena. Yo me acomodé en mi asiento, trepado en la última fila. Una señora rubia de cachetes hinchados me dijo que le daban vértigo los lugares que nos habían asignado y temía que de una machincuepa nos fuéramos al vacío que teníamos a nuestras espaldas. No pelé mucho a lo que la mujer me decía porque mi atención ya estaba en los dos actores que se encontraban en la escena y ante la vista de todos se mudaron de  ropa y con un gis blanco dibujaron una ventana en la pared negra del fondo, así como un cuadro en la pared de la izquierda. Como Laura notó que el público guardó silencio, lo exhortó a que continuara platicando, que no había pedo; también le pidió a un señor que siguiera dándole buches a su coca cola. Mi vecina cachetona se quiso mudar hacia la fila de enfrente, pero un chavo le dijo que ése era su asiento y la pobre tuvo que regresar a mi lado con el pavor de irse al vacío de una cabriola.
La obra se ubica en la época de la Italia fascista. Adolfo Hitler visita Roma y todo el pueblo acude a recibirlo. Antonietta y Gabriel, los protagonistas de esta obra, quedan solos en el edificio en el que viven, pues todo el vecindario se ha lanzado a las calles para recibir al Fürher. Ella es ama de casa y él es un soltero maduro y disidente político. Los dos se conocen gracias a que el pajarillo de Antonietta escapa y se posa en la ventana de Gabriel. Ella se traslada al departamento de Gabriel, se presenta, rescata su ave y comienza una relación que tendrá la misma duración del desfile. A lo largo de este lapso, los dos personajes hablarán de sí; él es un hombre culto y estaba a punto de suicidarse cuando apareció Antonieta. La razón del suicidio la asume como protesta contra el régimen social que lo margina. La sociedad sólo brinda oportunidades y amparo a los hombres (entiéndase heterosexuales), casados y soldados. Y él no es soldado ni heterosexual, sino joto. Y por “inútil, derrotista y con tendencias depravadas” lo han echado del trabajo. Antonietta es una mujer casada, con seis hijos y pronto quiere tener otro más para que el gobierno de Mussolini le dé su pensión por ser una madre fértil y ejemplar. Ella, evidentemente, es una mujer desgraciada, con una carga enorme de trabajo que le impide descansar y entablar relaciones que no tengan que ver con la friega doméstica. Por primera vez, ante Gabriel, se siente tomada en cuenta. Sin haberlo pensado, llega un momento en que los dos se han desnudado, no sólo psicológicamente, sino físicamente. Los dos se aproximan, se despojan de ropas, y cogen. Mientras tanto, los altoparlantes montados en varios sitios de la ciudad emiten la crónica de la llegada de Hitler. 
Cuando terminó la obra de teatro, Giménez Cacho dijo que se abriría una sesión de preguntas, pues así lo había solicitado el público, la mayoría eran jóvenes de no sé qué colegio. Yo me puse de pie, y desde lejos, le dije a Eloy que me retiraba. Nos dijimos chau, y me salí del teatro. No había llegado ni a la esquina cuando escuché la voz de Eloy que me llamaba. Me paré, se reunió conmigo y caminamos con dirección a la colonia Roma. Le pregunté su opinión sobre la obra. El levantó los hombros, sonrió, y dijo: “Puess… Daniel y Laura son buenos actores. Tienen muchas tablas.” Estuve de acuerdo con él. Da gusto ver a ambos a actores en escena; su sola presencia fascina; los dos pueblan un escenario desnudo, literalmente: con gis en mano, dibujan ventanas, lámpara, jaula, teléfono sobre los muros negros. “A la manera de Dogville, la película de Lars Von Trier”, dijo Eloy. Yo asentí para hacerme el muy cinéfilo, pero lo cierto es que no conozco esa peli. Laura y Daniel tienen la facultad de romper la cuarta pared: como cuando sonó un celular y Laura se dirigió al espectador para exigirle, sólo con la mirada, que lo apagase. El público soltó la risa. Luego la actriz le pediría a Daniel que le diera el pie para retomar su parlamento. O cuando Antonieta quiso clavar el clavo del tendedero y no lo conseguía, entonces Laura gritó: “¡Danieeeeel, ayúdameeeeee!” Y Daniel acudió presto a clavar el clavo, mientras Laura se dirigía al público para pedir calma, que esto les pasaba constantemente. Tales interrupciones a lo largo de la obra hacían tomar con frialdad y distanciamiento un momento doloroso de la historia de Italia y del mundo entero: el fascismo. La angustia, la soledad, el desamparo de Antonieta y Gabriel poco o nada valen ante la puesta de Giménez Cacho y Laura Almela. Asimismo, el amor, la confianza y solidaridad que descubren entre sí los personajes marginales, no consiguen expresarse debido al distanciamiento brechtiano, que le llaman.
Mi empatía como espectador la entablé con la forma y los actores; mas nunca con el contenido y los personajes.

AFECTUOSAMENTE, SU COMADRE, en Voces en Tinta.

HOY sábado 24 de abril de 2010, presentación de "Afectuosamente, su comadre" en Voces en tinta (Niza, 23, Zona rosa), 19 hrs, incluye lectura dramatizada, a cargo del actor Gabriel Castillo. Comentarios de Antoine Rodríguez, Sergio y su servidor. ALLÁ NOS VEMOS.

AFECTUOSAMENTE, SU COMADRE, en Acapulco.

(Haz clic en la imagen para agrandarla)
Por dos razones Afectuosamente, su comadre, tiene que presentarse en Acapulco: 
1) Vicky, La Diabla, uno de los personajes de la obra, es oriunda del Puerto. Trabajó en varios antros, cantinas y fondas antes de emigrar a la capital a buscar fortuna, amores y aventuras como buena Quijota. 2) En el mismo bello puerto, Luis Zapata dirigió la peli con las actuaciones de Enock Rodríguez y Malena Steiner, en los papeles de Vicky La Diabla y la maestra Antonia, respectivamente.
Este jueves todos los arriba mencionados nos daremos cita en el hermoso Fuerte de San Diego para presentar el libro con el sello de la editorial Quimera. Con nosotros también estará el editor Sergio Téllez-Pon quien nos hablará sobre la primera editorial Queer de México.
Bueno, lo cierto es que hay más razones por las que hay que presentar este libro en mi adorado puerto. Luis Zapata y yo somos de esas tierras surianas y harto gusto nos dará saludar a grandes y entrañables amigos que tenemos por allá.
Si alguno de ustedes anda en Acapulco este jueves 15 de abril, acompáñenos. De veras que la vamos a pasar bien.

La Limpia

Sueño que mi hermana Nancy me dice: "Acuéstate porque doña Juanita te va a hacer una limpia." Veo a doña Juanita vestida de negro. Estamos en la bodega de la tienda, con escasa luz, cuando la bodega era de adobe y techo de teja. Me acuesto boca abajo en el suelo. Y no me hace ninguna limpia sino un masaje, quizá por aquello del dolor de espalda y cuello que tengo. Entonces siento las manos largas y huesudas de doña Juanita en mi espalda; luego, presiona la parte donde se junta la espalda con las nalgas. Las bolas tensas que tenía van desapareciendo. Pero hay un momento en que siento un temor grande; percibo algo malévolo en la presencia de doña Juanita. Quiero despertar, y no puedo. Trato de gritar y me sale un mugido. Abro los ojos y veo mi habitación en penumbras y la sombra de doña Juanita vestida de negro a un lado de mi cama. Siento unas manos cuya presión en mi espalda me hunden al sueño y me encuentro en la bodega. Intento nuevamente despertar y me sale un grito sordo y veo mi recámara en penumbras. Otra vez las manos en mi espalda me hunden en el sueño. Mi grito me impulsa a la vigilia; pero las manos de doña Juanita me jalan al sueño. Voy de uno a otro lado sin despertar del todo. 
Ahora que escribo este sueño, mi dolor de espalda ha desaparecido.

LA ORIENTACIÓN DEL GATO

Ayer llegó El Gato de Palma Gorda y llamó para decirme que tenía ganas de salir a bares. Fuimos a tres; y no porque nos guste mucho la boruca sino por todo lo contrario; buscábamos uno donde pudiéramos platicar. En los dos primeros hacía tanto ruido que salimos antes de que nos reventaran los oídos. En el tercer bar la música era más tranquila y pudimos chacotear a gusto. Allí mi amigo me puso al día de los chismes del pueblo: la boda de Ceci en El Canal; la renuncia del síndico municipal por razones de no sé qué cosas, y otras noticias que poco tienen que ver con lo que quiero contar en esta nota.
El Gato y yo nos habíamos bebido tres cervezas cuando dijo: “Ora vuelvo, voy a echarme una meada.” Dio media vuelta y se dirigió al fondo del bar, donde se encontraban los escusados. Yo puse la mirada hacia un estríper que bailaba trepado en la barra y blandía su verga por los aires. La verdad, el tipo no me parecía bueno, más bien se me antojaba cínico, pues a su avanzada edad, yo le calculé unos cuarenta años, mostraba sus carnes flácidas ante un público poco interesado en su chou; salvo un anciano que, con los codos sobre la barra, observaba al estríper con devoción religiosa. En esas estaba yo cuando escuché una voz en mi oreja que dijo: “No te claves, güey.” Di media vuelta y me encontré la cara ancha de Gerardo, un cuate de mis tiempos universitarios que no veía desde hacía dos décadas. Nos abrazamos con gusto y en seguida me contó que vio Alicia en el país de las maravillas y abandonó la sala porque le pareció que Tim Burton había hecho pedazos el texto de Lewis Carroll. Yo le dije que a mí me había hecho mucha gracia eso de ponerme gafas y disfruté de veras el 3D pues en mi vida había visto. Gerardo me invitó una cerveza y hablamos de teatro. Yo acababa de pagar la siguiente tanda de chelas cuando apareció El Gato con un chavo de piel y cabellos oscuros pero de ojos verdes. Me lo presentó. El chavo dijo que se llamaba Ólber y era de Veracruz. Yo les presenté a Gerardo; pero El Gato y el veracruzano no se integraron a nuestra plática; se apartaron para seguir la charla que seguramente habían iniciado en el baño. Yo, la verdad, ya estaba hasta el gorro de cerveza y antro; así que le dije a Gerardo: “Yo pienso que ya me voy, mano.” “Okey, dijo Gerardo, nos vemos dentro veinte años.” Nos reímos y nos despedimos. Le hice señas al Gato de que ya me iba. El Gato se despidió de su cuate y se reunió conmigo. Le dije que se quedara con el chavo que se ligó en el baño, que no había pedo, yo podía tomar un taxi solo. El Gato dijo que ya se sentía cansado y que se iría mejor a dormir a su hotel. Los dos caminamos hacia la avenida Insurgentes. En el primer taxi que le hicimos la parada me subí después de darle un fuerte abrazo al Gato. Le dije que me había dado mucho gusto verlo y le pedí que me llamara la próxima vez que viniera al D.F. para chelear de nuevo.
Al llegar a casa, abrí la compu para ver qué ociosidad habían posteado mis contactos del Facebook. Una hora después, me lavé la boca y me metí en la cama. Entonces, mi celular sonó cuando alguien me envía un mensaje. Lo abrí y leí: “Soy El Gato. ¿Ya te dormiste? Me pasó una cosa bien rara. Llámame porque casi no tengo crédito.” El mensaje me preocupó. ¿Qué le pudo haber pasado al Gato? Lo levantaría alguna patrulla porque se puso a mear en la vía pública? ¿Lo asaltarían? ¿Alguna pandilla le habrá echado bronca al verlo solo? Le marqué. El Gato dijo que cuando me metí al taxi, Ólber, el jarocho que se ligó en el baño, se reunió con él y lo invitó a su casa. El Gato y Ólber tomaron un  taxi que los condujo al oriente de la ciudad. En el trayecto, Ólber le contó que vivía solo, trabajaba en un despacho de arquitectos, pero él no era arquitecto sino un actor desempleado que encontró chamba como fotocopista en ese despacho de arquitectos. Luego, el jarocho le preguntó a El Gato que a qué se dedicaba. El Gato había dicho apenas tres frases cuando el jarocho se durmió. El Gato vio que el taxista avanzaba lento sobre la avenida Ermita Iztapalapa, ahora abierta porque se encuentran construyendo una línea del metro. Los minutos pasaban y El Gato tuvo que sacudir el hombro para que el jarocho despertara. Ólber dijo: “Todavía falta un buen”. Y se volvió a jetear.
El taxi entró a un callejón, luego dio vuelta a una calleja, después subió por una calle empinada y en la punta se detuvo. Ólber pagó y se bajaron del taxi. Ahora subieron por unas escalinatas que los condujo a otra calle. Ólber dijo: “Yo vivo en ese edificio que ves allí.” Pero a medida que fueron avanzando, Ólber se mostró cada vez más y más inquieto. “Virgen santa”, dijo Ólber. “¿Qué pasa?”, preguntó El Gato. “¿Creo que Carlos está en la casa.” “¿Carlos? ¿Quién es Carlos?”, preguntó El Gato. Pero Ólber no le contestó la pregunta, sino que dijo: “¡Jijos, sí! ¡Carlos está en la casa porque esa es su bicicleta! Carlos está allí, no mames.” “¿Quién chingados es Carlos, güey?", volvió a preguntar El Gato, exasperado; y otra vez no obtuvo respuesta porque el jarocho dijo: “Espérame aquí, por favor. Aguántame, ¿sí? Voy a hablar con él.”
El Gato esperó donde le habían indicado y vio a Ólber que entró al edificio. Luego, miró cuando la luz del primer piso se encendió. Después escuchó la voz asustada de Ólber que dijo algo así como: “No, no me pegues si podemos hablar ¡No hice nada malo, Carlos! ¡Ay, ay!” Luego, escuchó un vaso de vidrio reventándose contra la pared; después un plato; la voz de Carlos que decía: “¡Ora sí te va a cargar la verga, hijo de tu pinche madre!”, y el estruendo de una vitrina que caía al suelo con todo y trastes. Los ayes de Ólber se multiplicaron revueltos con las injurias de Carlos. Los perros del vecindario comenzaron a ladrar. El Gato vio que la luz de dos departamentos se encendieron. Fue entonces que decidió alejarse del edificio. Llegó a su hotel gracias a su sentido de orientación felina, y porque Dios es grande.