Cosas de miedo II

Miedo también sentí cuando se corrió el rumor de que había un vampiro suelto y a algunos vecinos del pueblo les dio por colgar crucifijos y manojos de ajos en el marco de sus puertas para ahuyentar el mal. A mí me dio por dormir con un paliacate enredado en el cuello para pedir auxilio cuando el vampiro lo desatase con el propósito de asestarme la fatal mordida. Miedo tuve cuando en la escuela se rumoró que estaban por llegar unas monjitas que inyectaban a los niños para mandarlos al otro barrio. Miedo cuando escuchaba decir que el mundo se iba a acabar y yo me imaginaba que el cielo se abría al sonido de las trompetas que anunciaban la llegada de Dios. Entonces, yo corría hacia mi mamá y, angustiadísimo, le preguntaba si era verdad o no ese rumor. Y ella decía que no hiciera caso de esas patrañas, pues el mundo jamás se acabaría, “lo que se acaba, explicaba ella, es la vida de cada ser humano.” Eso me devolvía la tranquilidad y la confianza al cuerpo.
Por si fueran pocos estos sustos, me iba al cine a chutarme películas de miedo. Todas las películas de luchadores me daban miedo, pues todos los luchadores peleaban contra el mal encarnado en monstruos, diablos, vampiros y marcianos. Asimismo, recuerdo pelis que no eran de luchadores sino de ciencia ficción, como aquella de La mosca en la que un científico, por andar experimentando con sustancias altamente peligrosas, mezcló su composición genética con la de un insecto y se convirtió, a lo largo de la peli, en una espantosa mosca que acabaría en las garras de una araña. Recuerdo El pozo, con Sonia Furió y Luis Aguilar. Los dos tienen un hijo. Y de buenas a primeras Sonia Furió avienta al chamaquito a la profundidad de un pozo de agua. Luis Aguilar desciende para rescatarlo y para salir de él estuvo en chino porque la Furió, presa de una furia maniática, les arrojaba piedrotas para que no pudieran salir. Otra peli fue la de unos niños que amenazaban con exterminar el mundo; estos niños eran alienígenas. Ellos no hablaban; eran como muditos, se comunicaban entre sí con la mirada; sus ojos manaban una luz tan intensa que parecían ciegos. Los adultos ya no sabían ni qué hacer para eliminar a los chamacos.
Una vez vi una peli que me asustó y gustó al mismo tiempo. Y como mi mamá me había dicho que cuando yo viera una película simpática se lo comunicara, pues eso fue lo que hice. En cuanto llegué a casa, le dije que no se perdiera la peli que estaban exhibiendo en el cine Tierra Colorada, que seguramente le iba a gustar harto. Hizo caso a mi recomendación. Al otro día, me pidió que la acompañara. Cerramos la tienda a buena hora y nos fuimos bien peinados a la función de las seis. La película se llama El libro de piedra. De tanto en tanto, yo regresaba a ver a mi mamá para ver cuál era su reacción. Vi que, a veces, abría desorbitadamente los ojos; otras, se tronaba los dedos o, de plano, soltaba una exclamación de azoro. Yo pensaba: “Le está encantando la película, qué bueno que la traje.” Pero no fue así. Cuando nos dirigíamos a casa, ¡me ha puesto una regañiza! Apenas habíamos salido del cine cuando le pregunté:
- ¿Le gustó la película, ‘Amá?
Y ella que me dice con voz golpeada:
- ¿Por qué me traes a ver una película de susto? Ya te he dicho que me gustan las películas de Libertad Lamarque o Pedro Infante. ¡Y tú me traes a ver esto! ¿En qué cabeza cabe que voy a pagar sólo para que me estén espantando durante dos horas? Dime, ¿tiene algún chiste? ¿Verdad que no?
- Es que yo pensé que/
- ¡Nada de “es que yo pensé”! Allí me tienes de mensonota cerrando la tienda para venir a ver esta cochinada. ¡Ay, pero la culpa la tengo yo por hacerte caso!

Nunca más volvió a poner un pie mi mamá en el cine. Ella cuenta que dejó de ir cuando en plena función le resultó un fuerte dolor en los riñones. Pero yo pienso que fue el puritito miedo la que la mantuvo alejada del séptimo arte.