UN TRAVESTI LLAMADO DESEO


Ruvinski
Las mudanzas siempre nos traen regalos. Al sacar mis libros de las cajas de cartón para acomodarlo en mis estantes, me encontré con un libro que me interesó, como igual le interesaría a todo fan de Un tranvía llamado Deseo. Se llama 3 crónicas del teatro en México. En él, Dolores Carbonell y Luis Javier Mier Vega escriben sobre tres puestas de la obra cumbre de Tennessee Williams realizadas en la ciudad de México. Este libro, en parte, satisfizo mi interés por saber cómo y quienes interpretaron Un tranvía en tiempos pasados; sobre todo, la puesta en escena de Seki Sano. Yo ya sabía que María Douglas había interpetado a Blanche Dubois; Wolf Ruvinski a Stanley Kowalsky. Y Siempre me intrigó cómo fue que Ruvinski, un luchador rudo y malo, malo por villano y mal actor en las películas de luchadores, llegó a Bellas Artes en el papel de Stanley Kowalsky. Carbonell y Mier Vega nos lo cuentan. Resulta que Wolf Ruvisnky se apareció al lugar donde Seki Sano ensayaba Un tranvía y, “en forma casual”, el luchador se despojó de la camisa; Sano le vio ese torso precioso y así fue como Ruvisnki le arrebató el papel a Ramón Gay, un tipo “bonito y delgado”. Muy pronto, luchador y director, se dieron cuenta de que no era lo mismo hacer machincuepas en el ring que construir e interpretar un personaje. A punta de lecciones de actuación y gritos a granel por parte de Sano, Wolf Ruvinski abandonó su acento argentino y pulió su dicción para darle vida a Stanley Kowalsky. Así, pues, Ruvinski-Kowalsky apareció por primera vez ante Dubois-Douglas, nerviosita y caliente, y la hizo sentir más vulnerable y desnuda que nunca. Blanche y el público tuvieron la certeza de que ese hombre era un peligro, de sólo de verlo producía temor y temblor, y que no había modo de escapar de sus más cochinas intenciones.
Una vez que Wolf Ruvinski caminaba por la calle de Madero, se topó a Salvador Novo. Entraron al Sanborns de los azulejos y bebieron un café y otros más en citas subsiguientes. Ruvinsky invitó a Novo a un ensayo de Un tranvía; el maestro asistió y le encantó. Consideró que la puesta de Seki Sano era digno del Palacio de Bellas Artes. Gracias al buen olfato de Novo, la obra se estrenó con éxito en el Palacio, un 4 de diciembre de 1948.

Brando
La versión gringa de Un tranvía se estrenó en Broadway un año antes; es decir, en 1947, con las actuaciones de Jessica Tandy, en el papel de Blanche Dubois; y Marlon Brando como Kowalsky, que entonces tomaba clases de actuación con Elia Kazan. Cuando Elia Kazan leyó el texto, no dudó en llamar su alumno para el papel de Kowalsky. Pero quería contar con la anuencia del autor, Tennessee Williams. Kazan le envió un telegrama a Williams en el cual le decía que le mandaba a un joven actor para que leyera algunas líneas de Un tranvía, pues le parecía que tenía talento. Brando llegó a un búngalo de Cabo Code, lugar donde pasaba unos días de descanso el dramaturgo. Brando preguntó por qué el búngalo estaba a oscuras y sin agua. Williams respondió que tanto él como su amiga Margo no sabían de plomería ni de electricidad. Al punto, Brando se quitó la camisa, arregló ambas cosas e hízose la luz, el agua, y se puso a leer en voz alta, sentadito en una esquina, el papel de Kowalsky. Aún no pasaban diez minutos de lectura cuando Margo saltó, pegó un grito, y le dijo a Tennessee: “¡Háblale orita mismo a Kazan! ¡Es la lectura más padre que he escuchado dentro y fuera de Texas!” Brando pasó el casting. Un poco más tarde, Tennessee le leyó poesía; llegó la hora de dormir y el joven actor tuvo que acostarse en la sala, pues no había más camas. A Tennessee, Brando le pareció guapo, pero no le echó el can. No acostumbraba a coquetear con sus actores, generalmente; y Brando no iba a ser la excepción. Al otro día, dramaturgo y actor salieron a caminar un largo trecho de playa. ¿Qué platicaron? Nada. De ida, se fueron callados; de regreso, también. Brando, entonces, era un tipo tímido, el mejor estudiante del Actors Studio, un alma buena en un cuerpo de chacal. Su físico musculoso y agresivo lo consiguió gracias a las chambas que hizo antes de volverse actor. Había trabajado en una fábrica de azulejos y fue conductor de excavadoras.

La Dubois
Una noche soñé lo siguiente: Avanzo por el caminito verde que va de Insurgentes Sur a la Facultad de Filosofía y Letras. De pronto, veo a Beto de la Selva; camina con ese pasito lánguido que le dejó para siempre su etapa de bailarín; se dirige hacia mí, y me dice: “Estoy que no me la creo. ¡Voy a interpretar a Kowalsky!” Le digo: “Entonces la obra tendrá que llamarse Un travesti llamado Deseo.
No recuerdo cuál fue la reacción de Beto. A la mejor hizo su rabieta, como rabieta hubiera hecho Tennessee si alguien le hubiera contado un sueño como el mío. Le hubiera parecido un chiste de muy mal gusto, porque los travestis no le hacían ninguna gracia; no los entendía; decía que estaban fuera de su comprensión. Estaba seguro de que los travestis perjudicaban el Movimiento de Liberación Gay, porque hacen una parodia de la homosexualidad que no se ajusta a la verdad, dan una imagen muy mala al público y no sé qué tanto. Por eso, Tennessee montó en cólera cuando el "Gay Sunshine" (núm. 29/30) aseveró que Un tranvía y varias obras más de Tennessee Williams eran falsas porque trataban sobre homosexuales disfrazados de mujeres. El dramaturgo les replicó que esa afirmación le parecía pretensiosa, ridícula y peligrosa. Peligrosa para su dramaturgia y para el arte en general. Bueno, creo que el "Gay Sunshine" exageró un poquito al decir “varias obras más”. Yo no creo ni veo vestidas en ninguna obra de Tennessee. Salvo en… Un tranvía llamado deseo. Sí, Blanche se me antoja una vestida, con el perdón del señor Williams. La Dubois (empezando por el nombrecito) es extremadamente sofisticada, a punto de ser caricatura; tan pirada, ideática y chacalera. No estaría mal una puesta adaptada en México en la que Blanche fuera un travesti. Por ejemplo: La Dubois llega a Córdoba, Veracruz; trae puestas unas chanclitas, pescadores atrincadísimos, unas gafas sobre la cabeza y un bolso Louis Vuitón colgándole del hombro. Entonces, cuando La Dubois llega a casa de su hermana Stella, le dice a Kowalsky: “Tú debes de ser Stanley, ¿verdad?” Stanley Kowalsky, con el torso desnudo y sudado por la inclemencia del calor tropical, dice: “Hola” Y en ese apretón de manos los dos descubren que habrá de iniciarse una pasión transgénero como nunca antes vista.
Take it easy, Mr. Williams, no pasa nada. En la guerra y en el mundo de la imaginación todo se vale.